martes, 2 de octubre de 2018

Apertura del nuevo Curso 2018/2019


El pasado Lunes, 1 de Octubre, en nuestro seminario Diocesano tuvo lugar la apertura solemne del curso académico 2018/2019 acompañados de nuestros familiares y amigos.

El acto, comenzó a las 19:00horas con la celebración de la Eucaristía votiva del Espíritu Santo, presidida por el Señor Obispo, Don José Vilaplana Blasco y concelebrada por el equipo formativo del Seminario y demás sacerdotes de nuestra diócesis que imparten diversas asignaturas como profesores de nuestro Seminario. La Eucaristía estuvo acompañada musicalmente por la schola cantorum del Seminario.

 En su homilía, el Señor Obispo destacó que debemos pedir al Espíritu Santo ser como niños, para que como nos dice nuestro Señor, poder entrar en el reino de los cielos; también nos exhortó a ser una comunidad con sabor a Evangelio, conciliadora, con disposición al servicio y a la entrega a los demás, especialmente a los más necesitados de nuestra sociedad, para así poder ir configurando nuestro corazón con el corazón de Cristo, buen Pastor.

Finalizada la Eucaristía, tuvo lugar el acto académico, donde el Señor Obispo, cedió la palabra al Señor Rector de Seminario Diocesano y Director del Instituto teológico San Leandro, D. Daniel Valera, el cuál, dio lectura a la memoria del curso 2017/2018 destacando la realización del primer curso Propedéutico para los candidatos al sacerdocio, tal y como propone la nueva Ratio fundamentalis intitucionis sacerdotalis (El Don de la Vocación Presbiteral), la realización del primer examen de síntesis teológico en nuestro seminario, fruto de la vinculación a la Universidad Pontificia de Salamanca así como la Ordenación de cuatro nuevos presbíteros y dos diáconos. También recorrió las distintas actividades realizadas durante el curso que son una expresión del proceso formativo que se lleva a cabo.

Tras la lectura de la memoria, el Señor Obispo cedió la palabra a la Profesora de Filosofía, Doña Irene Álvarez Afán de Ribera, que fue la encargada de impartir la lección inaugural cuyo título fue La cuestión de Dios. Cuestión fundamental del pensamiento filosófico. Durante la lección, doña Irene, hizo un recorrido general por toda la filosofía y su reflexión sobre Dios a lo largo de la historia.
Al término de la lección, el Señor Obispo, dio por inaugurado el nuevo curso académico y los presentes compartieron un ágape fraterno en el comedor del Seminario.

Desde estas líneas, agradecemos la presencia del Señor Alcalde de Huelva, Don Gabriel Cruz, del Teniente Coronel del puesto de operaciones de la comandancia de la Guardia Civil de Huelva, Don Jorge Fajardo, del equipo directivo del Colegio Diocesano Sagrado Corazón de Jesús, encabezados por su director ejecutivo Don Rafael Repiso y del claustro de profesores del Seminario.









viernes, 13 de abril de 2018

Pascua de Resurrección, desde la mirada de un pecador que estaba muerto y ha vuelto a la vida, por la Misericordia del Padre



 “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Lucas 24,5.
En la fiesta de la Pascua de Resurrección celebramos la vida. Jesucristo con sus enseñanzas, Muerte y Resurrección nos muestra el camino para alcanzar una vida plena y fecunda, fundada sobre todo en el Amor y Obediencia al Padre.  Pero ¿qué significa esto? 
Pablo en sus escritos nos escribe que fuimos “llamados para vivir en libertad” y  ser “servidores los unos de los otros, por medio del amor.” (Gálatas 5,13). A vivir los frutos del espíritu de Dios: el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, el dominio de sí. Evitando lo que nos hace daño: el odio, las divisiones, la envidia, la ambición desmedida. La auto referencia que nos aísla y nos impide percibir las necesidades de los otros, su alteridad y dignidad.
En el evangelio de Marcos, Jesús dice: “Vosotros sabéis que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre nosotros no debe suceder así” (Marcos 10,42-43). Nos muestra otro tipo de liderazgo cuando dice que “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10,45). Este servicio es un camino fundamental para la perfección. Lo podemos llevar a cabo con pequeños detalles ya sea con el hermano desde nuestras carencias o las suyas. Esto siempre sin esperar más recompensa que saber que Dios ve en lo escondido. 
En Pascua recordamos cómo el Pueblo de Israel pasó de la esclavitud a la libertad, saliendo de Egipto hasta llegar a la Tierra Prometida. Así también estamos llamados a la libertad plena que nos otorga una vida transparente ante Dios, teniendo en cuenta que esto no siempre es lo mismo ante el mundo que no mira con los ojos de Dios. También celebramos el paso de Jesús de la muerte a la resurrección. Podemos preguntarnos: ¿qué significa esto para cada uno de nosotros? ¿Cómo podemos aplicarlo en nuestra vida personal y comunitaria? ¿Qué actitudes y hábitos nuestros “matan” y cuáles dan vida?
Hoy  vivimos con gran incertidumbre y desasosiego. Peleamos contra estructuras “de muerte”, como la escasa justicia, las mentiras y el engaño. Buscamos una vida que nos plenifique y que nos permita ser verdaderamente luz que refleje, aunque tenuemente a la Luz de luz.
Esta lucha entre la muerte y la vida comienza en el corazón de cada uno. Todos tenemos la libertad para elegir y decidir qué actitud vamos a tomar ante las circunstancias que se nos presentan. Algunos abren nuevos caminos y buscan otras opciones. Construyen con un espíritu magnánimo, dejando de lado las mezquindades, los malos entendidos. Elegimos el perdón y la reconciliación. Debemos aprender de Aquel que es Manso y Humilde.
En este tiempo Pascual podemos preguntarnos qué camino vamos a elegir, qué actitud vamos a tomar. Este año, una vez más, se nos ofrece la oportunidad de elevarnos por encima de nuestras pequeñeces para elegir una vida más plena y fecunda en Jesucristo.


Jorge Alberto Salinas Ojeda, Seminarista de 5º Curso


viernes, 23 de febrero de 2018

Decimos… “Palabra de Dios”


Desde el primer momento que comencé a estudiar teología, me di cuenta que todas las asignaturas, sin distinción, tienen algo en común. No me refiero a que todas traten de aspectos relacionados entre sí, lo cual es siempre una ventaja; porque lo que aprendes en una asignatura sirve para poder comprender otras. Me refiero a que lo común a todas es la Palabra de Dios.
No hay nada en la Iglesia que no tenga a la Palabra de Dios como base. Esta Palabra ilumina a la iglesia y todo lo que Iglesia hace y dice se fundamenta en esta Palabra.
Tanto es así que la constitución dogmática DEI VERBUM  en el número 21 dice: ...el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Pero claro surge enseguida el tema de cómo hay que leerla. ¿Cómo cualquier otro libro? Mucha gente con la que me encuentro me dice: “pues la biblia dice tal cosa…” o “Jesús dijo esto otro…”  o  “la biblia no dice nada de eso…” o la eterna frase “la biblia dice una cosa y la ciencia otra…”. No se debe usar la biblia como si fuera un libro de ciencias empíricas para dar respuesta a todo. He de admitir que estoy totalmente de acuerdo con esta última frase, si no se tienen en cuenta algunas consideraciones. Y me explico; La palabra de Dios es algo tan grande que sirve para dar una respuesta a todas las situaciones del hombre, pero, hay que saber interpretarla, leerla, actualizarla; si se tiene en cuenta estas tres premisas si son compatibles. De la misma manera que actualizamos por ejemplo los refranes. Gran cosa ésta de los refranes. De la misma manera que en la vida cotidiana usamos refranes por ejemplo taurinos, y no somos toreros, o del tiempo y no somos meteorólogos…  y sabemos lo que quieren decir. Hay que tener en cuenta que todo texto, fuera de contexto puede servir para cualquier pretexto.
La clave para  entender correctamente la Palabra de Dios la da el Catecismo de la Iglesia en los números del 115 al 118.  Y además, el compendio lo explica muy bien. Ante la pregunta ¿Cómo se debe leer la Sagrada Escritura? Responde: La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2) lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe. Y aquí entro yo.
Todos los seminaristas nos estamos formando para poder conocer la Palabra de Dios. Conocer su sentido a la luz de estos tres criterios. ¿Que es lo que Dios nos quiere decir a todos los cristianos hoy?. Los primeros que tienen que conocer la Palabra de Dios somos nosotros, los encargados de transmitirla, para luego poder ofrecerla con total integridad: y así poder ayudar a los hermanos en su comprensión. La Escritura es el alma de la teología.
Desde aquí animo a todos a conocer la Palabra de Dios, pues como dijo san Jerónimo “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”, que es la Palabra definitiva del Padre.

Jose Antonio Castilla Rodriguez
Seminarista de 4º curso.

La Vocación Sacerdotal: Actualidad de la llamada de Dios

Hablar de Vocación en la actualidad es algo difícil, pero si además le añadimos el apellido Eclesial pasa a ser imposible dentro de la visión social. Pero Dios sigue llamando, su amor por el hombre no es objeto de modas, sigue estando dispuesto a llamar a cada uno por su nombre y enviarnos a anunciarle según su voluntad. Las vocaciones eclesiales son una manifestación de la inconmensurable riqueza que Cristo sigue ofreciendo y, por tanto, deben ser valoradas y cultivadas con toda solicitud pastoral, para que puedan florecer y madurar. Entre las diversas vocaciones, suscitadas incesantemente por el Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, la llamada al Sacerdocio ministerial convoca «a participar en el Sacerdocio de Cristo» y a unirse a Él para «ser los pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios». En una ocasión Benedicto XVI señaló a los jóvenes que, al seguir a Jesús, “serán felices de servir, serán testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, serán llamas vivas de un amor infinito y eterno, y aprenderán a dar razón de su esperanza”.  Para responder a la invitación del Señor, a la llamada que Jesús repite: “Ven y sígueme”, es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino, pues seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, al ponerlo en primer lugar frente a lo que forma parte de nuestra vida, como la familia, el trabajo, intereses personales y nosotros mismos.
La vocación al Sacerdocio ministerial se inserta en el ámbito más amplio de la vocación cristiana bautismal de la que todos participamos, mediante la cual el Pueblo de Dios, constituido por Cristo a través de «una comunión de vida, de amor y de unidad, es asumido también como instrumento de redención universal y enviado a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra». La llamada es actual porque se nos llama a ser Sacerdotes de este momento, del siglo XXI, pero Sacerdotes para predicando a Cristo en toda su verdad y plenitud.
Sera misión de todos los Cristianos cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en especial de las vocaciones al sacerdocio. Escuchemos la voz de Cristo, que invita a todos “a rogar al Dueño de la mies que mande operarios a su mies” (Mt 9, 38; Lc 10, 2), con particular atención a las vocaciones a la vida consagrada y al Sacerdocio, que en la actualidad no pasan por su mejor momento.
Es necesario sostener las iniciativas que permiten acoger el don divino de nuevas vocaciones en nuestras Parroquias, Hermandades o en las propias familias: sobre todo con la oración personal y comunitaria, siguiendo en la certeza de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. Algunos momentos del año litúrgico favorecen este fin, por ello se estableció la celebración anual de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en el IV Domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor. Todos los que nos sentimos llamados a participar del Sacerdocio de Cristo tenemos que sentirnos identificados con la figura humilde y a la vez portentosa del Buen Pastor, Él está dispuesto a buscar la oveja que se perdió. Cuantas veces a lo largo de nuestra futura vida Sacerdotal tendremos que hacer esto, en la actualidad tenemos la peculiaridad de tener una oveja dentro de la Iglesia y el resto fuera. Es sin duda un verdadero compromiso.
Con generosidad y espíritu eclesial, tenemos que estar abiertos y promover no sólo las vocaciones para el servicio de la propia Diócesis o de la propia nación, sino también a favor de otras Iglesias particulares, según las necesidades de la Iglesia universal, secundando la acción de Dios, que llama libremente a algunos al Sacerdocio ministerial en una Iglesia particular, a otros a ejercer el ministerio en un Instituto de vida consagrada o en una Sociedad de vida apostólica, y a otros en la Missio ad gentes. Es una riqueza que siendo todos llamados al Sacerdocio, luego es el Señor quien nos ira llevando por los que caminos que nos tenga preparados. El concilio Vaticano propuso a los Sacerdotes que busquen en María Santísima el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como “Madre del Sumo y Eterno Sacerdote” invitando además a los Presbíteros “a venerarla y amarla con devoción y culto filial”. Bajo el manto de la Madre de Misericordia están la vida y la acción de los Sacerdotes, y de los Seminaristas que nos preparamos para un día llegar a serlo. A ella también rogamos por las Vocaciones al Sacerdocio, para que interceda ante su hijo y siga bendiciéndonos con numerosas y santas vocaciones al servicio de nuestra Iglesia de Huelva y de la Iglesia Universal.

José Manuel Romero Martín.
Seminarista del Seminario Diocesano de Huelva.